Al apesadumbrado dolor que diluyen los teclados.
Miguel apagó el cigarro en el cenicero. Sentado en el suelo de su piso recién alquilado y vacío, buscaba bajo la ventana una postura cómoda entre las esquinas de la columna y la pared.
-Ya van 15, y a este ritmo me voy a quedar sin tabaco.- Murmuró para sí
Miguel había colocado un espejo enfrente de él. Le llevó más de cuarenta minutos colocarlo de esa manera, en el justo ángulo en el que podía observar, desde el suelo en el que estaba sentado, qué coches entraban y salían de la bocacalle.
-Ya llegará, ya llegará- decía mientras frotaba sus manos contra los muslos, sin perder de vista la calle.
Fue un año antes cuando empezó todo. Lo primero que influyó en Miguel fue perder a Marta. Quizás fue perderla o el haber vivido su relación con el eterno miedo a perderla. Miguel sabía, o creía saber que él era demasiado poco para Marta. Era ella tan bella, tan inteligente, tan divertida, tan moderna, tan sensual. Sabía complacerlo tan bien…
Se sentía pequeño a su lado. Por mucho que hiciera, por mucho que se esforzara, por mucho que mejorara, por más que vendiera a cada paso su alma al diablo, el diablo y él sabían que no era merecedor de Marta. Cuando ella lo dejó, se confirmaron sus temores. Tenía que ser, iba a ser, debía de ser, fue, se fue.
Alguien con cola, tridente y cuernos carcajeó fuerte desde el infierno. Especialmente el día que, mientras tomaban café en esas cafeterías de franquicia que tanto gustaban a Marta, ella, le dejó.
-Lo nuestro no va bien Miguel- empezó a decir mientras él tomaba su mano.
–No es que no te quiera, pero necesito tiempo para pensar en nosotros- Y el miedo, tan arraigado en el corazón de Miguel como su propia sangre, crecía.
–Si decides salir con otras mientras tanto, lo entenderé.- Y fue entonces cuando Miguel intentó besarla. No fue para retenerla, estaba tan asustado que no fue capaz de hacer otra cosa para evitar la ruptura que tomarle la mano. Intentó besarla sólo para poder recordar cómo fue la última vez que besó los labios de Marta, pero esta vez sí fue rechazado.
–Cuídate Miguel, cuídate mucho, te mereces ser feliz- Dijo ella esquivando el póstumo beso y dándoselo en las mejillas.
-¿Feliz, sin ti Marta?- Triste despedida que apenas salió de sus labios. Y Marta se fue.
Y bueno, pasó lo pasa siempre que alguien quiere demasiado, se hundió.
Evitó perder el trabajo tomando unas vacaciones en unas fechas en las que nadie quería tomarlas. Quería no pensar, y acabó bebiendo, bebiendo demasiado.
-¿Tu no estabas con Marta?- Le dijo su amigo Luis, una tarde de alcohol.
–Es que el otro día la ví con un chico... Y el vaso de Miguel se estrelló contra el manchado suelo del bar.
-Joder, Luis… ¡que susto!- replicó Miguel mientras levantaba en su ojos un dique de dolor para impedir que brotasen sus lágrimas.
Eso fue el segundo paso que influyó en Miguel. ¡Marta estaba saliendo con otro!. Y el miedo, hermano del dolor, se fundió con él.
Sin saber cómo ni por qué, esa noche la acabó tres portales enfrente de la casa de Marta. Con la botella de ron entre las manos y sin demasiadas fuerzas, ni demasiado sabor en el paladar como para querer rebajar los grados alcohol con algún otro líquido.
Y Marta llegó, en un TT para más señas. En un lujoso, caro y caprichoso coche marca Audi. El coche llegó, paró enfrente del portal, apagó los faros, pasaron diez, quince, veinte, treinta, infinitos minutos. Entonces Marta se bajó del coche sonriente y desde el portal despidió a su acompañante.
-Ni siquiera la acompañas a su puerta- Le dijo a la botella, y apurándola besaba en su mente los labios de Marta. Y esa noche Marta empezó a tener dos sombras. Una la que el sol o la luna proyectaba tras ella, y otra, de piel, que seguía sus pasos.
Y verla tanto acrecentaba el dolor de Miguel. Miguel quería huir de su dolor. Miguel no quería dejar de a Marta. El alcohol no calmaba lo suficiente, y uno siempre tiene demasiados amigos como para no encontrar algo más fuerte, más definitivo. Si un paso estuvo claro, fue esta tercera y entumecedora galopada que la aguja tendía en sus venas.
Y sus sospechas se confirmaban porque él quería que se confirmasen. Jamás vio nada excesivamente revelador, pero conocía muy bien a Marta. Ella había buscado un hombre con dinero, un hombre con carrera, un hombre con posición, un hombre más joven que él. Un hombre que le permitiera disfrutar de una vida mucho más intensa y cómoda que la que Miguel pudo jamás ofrecerle. Ella lo amarraría bien.
-¡Puta!, murmuraba Miguel mientras la cocaína le dormía la nariz.
Estaba seguro que Marta sabría tejer perfectamente su red alrededor del conductor de TT. Tenía talento con los hombres, conocía su trabajo. Lo ejecutaría magistralmente.
Y un día conoció a Germán. 32 años, Director Ejecutivo de Morgan&Freeman. Niño de papá licenciado en Boston, Master por California, gilipollas de la Moraleja.
-¡Miguel!, ¡que flaco te has puesto!. Mira te presento a Germán. Es mi jefe- Y continuó parloteando con los habituales “te llamo un dia de estos”, “tenemos que vernos más”, “¿cómo esta tu madre?”...
-¡Con su jefe!- Se desquiciaba Miguel. Y también Germán tuvo dos sombras. Cuarto paso hacia un cuarto vacío y sin muebles.
Y supo dónde vivía Germán, que bares frecuentaba, dónde comía, dónde se acostaba y con quien lo hacía.
-Y el muy cabrón le pone los cuernos- le confesó una vez a un barman.
Tomar alcohol no es la más sana de las costumbres, como tampoco lo es el consumo de estupefacientes. A esto se puede añadir que tampoco será la primera vez que alguien es abandonado por el amor de su vida, ni que la obsesión es una mala compañera. Pero los pasos que dió Miguel a continuación fueron algo tétricos.
-Juan, ¿qué hay que hacer para tener un rifle de esos de los tuyos para cazar ciervos?. –
-¿No me digas que vas a empezar a cazar?- Se alegraba Juan pensando en tener compañero de caza
Y Miguel dejó de consumir alcohol, dejo de consumir drogas, sacó su licencia de caza. Ese fue el paso que más costó, el quinto. A los tres meses solicitó permiso para un flamante remington 7,2 con mira telescópica, sin silenciador, que es ilegal en España, pero por lo visto, no en ebay.
El sexto paso, pasar el examen médico. Y estaba allí en su nueva casa de alquiler sin muebles, su séptimo paso. Admirado en su trabajo por su milagrosa recuperación. Con el dolor y el miedo muy lejos, casi con un vago recuerdo, y compartiendo colchón con su nueva amiga La Ira.
Y fue entonces cuando un TT gris entró en la calle. Miguel lo tenía todo medido. Dos minutos para meter el coche en el garaje. Luego pasarían entre seis y ocho minutos y medio, y Germán abriría la puerta auxiliar del garaje para ir a su casa.
-Diez minutos y medio de vida te quedan - Dijo para sí mientras metía la única bala en la recámara, el octavo y largamente esperado paso.
Entonces fue cuando llegó el minuto numero diez, y sonó su móvil.
¬-Miguel, soy Marta, verás he estado pensando en nosotros y quería que nos viéramos- Se oyó a través del auricular del manos libres de Miguel.
-¿Marta?, ¡que sorpresa!. Te llamo en quince minutos, es que estoy un poco ocupado ahora mismo.- Respondió Miguel mientras oteaba por la ventana.
-Es que es importante Miguel. Quería que nos viésemos, la verdad es que todo este año te he echado muchísimo de menos. Espero que no sea muy tarde, que no hayas encontrado a nadie. Veras, he estado hablando mucho con Germán, que es como un padre para mí. El me ha hecho ver muchas cosas que no veía y me he dado cuenta... ¡no!, no quiero decírtelo por teléfono, pero ...- Germán aparecía ya por la puerta del garaje.
-En diez minutos te llamo Marta, te lo juro- Y Miguel colgó, dando el paso número nueve.
-Justo a tiempo, ahí sale el pollito. Un paso, ¿qué querrá Marta?- 2 pasos, ¿decirme que se va a casar con él?- 3 pasos, no vas a volver a hablarle de mi a Marta, no vas a llegar al 4º paso-
Y el móvil volvió a sonar. Quizás el paso número diez fuera que sonó tan fuerte en el oído de Miguel como para hacer perder la puntería, o quizás se arrepintiera y ese “te he echado muchísimo de menos” le diera que pensar, quizás no.
Y nadie podrá decir que esta historia depende, para tener sentido, del paso número diez. Ninguno de ellos tuvo sentido. Pues ella lo quería y el la amó hasta la locura.
-¿En que fallamos, Marta?. Le confesó una noche Miguel al techo de su dormitorio muchos años después.
sábado, 16 de abril de 2011
miércoles, 13 de abril de 2011
Declaración de intenciones
Hola, amigo.
Ante todo saludarte y desearte que todo te vaya bien. Para ser sincero, espero que todo te vaya mejor.
Una vez cumplidos los saludos de rigor, contarte por qué nació este blog. Para empezar es la materialización de una sugerencia de un amigo. Lo sugirió, quedó en algún rincón de mi cabeza, maduró, y esta es la resulta.
Creo que me va a venir bien. La verdad es que necesitaba un olvidadero. Un sitio donde poner aquellas cosas que no quiero tirar, o que debería querer pero me falta la fuerza y sobra pereza para hacerlo.
Por eso, en un ejercicio de onanismo muy propio de mí, te dedico este blog. A ver qué piensas de mí cuando me leas, a ver si te reconoces, a ver cómo me criticas. Quieras que no, no nos conocemos, pero yo a ti te intuyo, y supongo que tu, con cierto baño de displicencia, me recuerdas.
Pues eso, amigo mío. No tengo muchos más motivos para esto. El único, quizás, sea la intención de que dure al menos un año, a ver hasta dónde llega, cómo evoluciona.
BeZos
Ante todo saludarte y desearte que todo te vaya bien. Para ser sincero, espero que todo te vaya mejor.
Una vez cumplidos los saludos de rigor, contarte por qué nació este blog. Para empezar es la materialización de una sugerencia de un amigo. Lo sugirió, quedó en algún rincón de mi cabeza, maduró, y esta es la resulta.
Creo que me va a venir bien. La verdad es que necesitaba un olvidadero. Un sitio donde poner aquellas cosas que no quiero tirar, o que debería querer pero me falta la fuerza y sobra pereza para hacerlo.
Por eso, en un ejercicio de onanismo muy propio de mí, te dedico este blog. A ver qué piensas de mí cuando me leas, a ver si te reconoces, a ver cómo me criticas. Quieras que no, no nos conocemos, pero yo a ti te intuyo, y supongo que tu, con cierto baño de displicencia, me recuerdas.
Pues eso, amigo mío. No tengo muchos más motivos para esto. El único, quizás, sea la intención de que dure al menos un año, a ver hasta dónde llega, cómo evoluciona.
BeZos
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