Candela fue puta antes de nacer. Si se nace en El Retiro (Santiago de Cali – Colombia) muy bien se tiene que dar la cosa para no acabar mal. En El Retiro, el mejor plan siempre será no estar, no conocerlo nunca, y si eso implica no nacer, pues no se nace, o se nace muerto, que de todas la maneras posibles de llegar a El Retiro, es la menos mala.
Otra opción es nacer hombre, aunque eso ya es bastante malo. Pero si naces mujer, si naces mujer es muchísimo peor. Y peor aún es llegar al mundo sin parientes varones que den la cara por ti. Considera un milagro llegar viva a los treinta.
Pero como todo, puede empeorar. Puede pasar que tu madre sea una puta, una puta drogadicta que te tuvo con 16 años de edad. ¿Y tu abuela?, pues que tu abuela esté muerta de sobredosis o sida, nunca se supo cierto, hace años. Porque sí, también fue puta. Si naces mujer y sin protección, ser puta es un hecho tan cierto como el aire que respiras. Serás puta antes incluso de llegar a la cuna.
No nazcas nunca en El Retiro, y menos con una vagina entre las piernas. Y si te ocurre, si acaso no hay otra, no quieras ser guapa. Un culo bonito, o unos ojos claros, o un pecho abundante… ¡quémalos, ocúltalos, arráncatelos como si fueran un mal cáncer!. Si tu cuerpo destaca por cualquier razón no tendrás la suerte de convertirte en puta del tirón. Antes te violarán, a eso de los nueve o diez años, si tienes suerte, que si no, será antes.
Probablemente te violará un conocido, básicamente porque todos en El Retiro se conocen. Puede que sea en el colegio, si es que vas, camino de casa, en tu propio portal, en tu propia cama. Otra razón para que te viole alguien cercano será que tu verdugo esté demasiado borracho o colgado para buscar más lejos.
No te quitará la inocencia. En El Retiro la inocencia murió hace ya mucho tiempo. Te quitará el miedo. El miedo a no saber qué noche te violarán, y si no te rajarán el cuello después de hacerlo. Te violará si tienes suerte, porque si no la tienes, ese mismo que pensó violarte venderá tu virgo a cambio de una dosis, una botella de licor, o 50.000 pesos, unos 20 €. Entonces no te violará uno, ni de uno en uno. Será distinto, muy distinto, y por supuesto, será peor, mucho peor.
Candela era bajita para sus once años de edad. Los once años que tenía el día que un cliente, concretamente su vecino, entró en casa buscando, literalmente, donde hacer sus necesidades. La suerte que nunca tuvo hizo que la prefiriera a ella antes que a su madre, demasiado borracha y drogada como para atender a nadie. Candela era bajita, sí, aunque ya denotaba un abundante pecho que se esforzaba, sin conseguirlo, en ocultar. Un pelo enredado y sucio, pero de un negro tan profundo y oscuro como su futuro. Y unos ojos violetas que hacía inexplicable que hubiera llegado virgen a los once años.
“La hija del inglés”, esos eran los apellidos de Candela. Los otros, los que figuraban en su CC (célula de ciudadanía) sólo los usaba en la escuela. El apodo de “la hija del inglés” se lo pusieron por un correo de las FARC que estuvo en el barrio por no se sabe, ni se quiso saber, qué asunto. El caso es que el mensajero venido de la jungla tenía los ojos de azul muy claritos, aunque no violetas. Por eso a los vecinos les dio por llamarle “el inglés”. Los cuatro días que permaneció el guerrillero en el barrio coincidieron más o menos con el momento en que dejaron embarazada a la madre de Candela, que guapa no era, pero siempre tuvo unas tetas de impresión. Entre eso, y que un hombre que pasa 12 meses al año en la selva no hace muchos ascos a cualquier mujer, los vecinos ataron cabos, y Candela fue, de siempre, “la hija del inglés”.
Cómo todo el mundo sabía, Candela fue puta antes de nacer. Ejercer el oficio no tuvo nada de elección y sí mucho de fatalidad. Una puta sin gusto por su oficio, pero sin más alternativa para ganarse la vida.
Intentó estudiar, y le fue más o menos bien hasta que tuvo once años y algunos días. Entonces su profesor razonó que follarse a una niña pequeña era, de todo punto, execrable. Aunque si era una joven putita que ya se la habían follado otro, no hacerlo, era de todo punto, un desperdicio. Cosas que quitan y dan los hímenes.
Hasta aquí todo normal en el barrio de El Retiro, Santiago de Cali, Colombia. A Candela se la follaba un señor, perdón, un varón de 45 años casi a diario, y Candela callaba. Para ella, acabar la básica secundaria la convertía casi en una intelectual. Podría aspirar a trabajar en el centro, ser camera, secretaria, telefonista, dependienta…
La lógica de Candela era irreprochable. Si su futuro había de pasar indefectiblemente por su coño, con ayuda de su coño se haría un futuro. Lo malo es que a su madre no le pareció tan bien. En su aturdida cabeza de puta e hija de puta, que una hija de puta y nieta de puta follara, no era malo, independientemente de la edad. Lo que no cabía era que follara sin cobrar. Así fue que a Candela le hicieron el único regalo que jamás recibió. Por su doceavo cumpleaños le trajeron una cama grande de matrimonio, de segunda mano, por supuesto. Lo siguiente que hizo su madre fue dividir el cuarto que compartían con una mugrienta cortina. Y detrás de esa cortina quedó, fuera de su alcance, la esperanza.
De pequeños nos enseñan a creer en el libre albedrío. La certeza de que uno es forjador de su propia suerte y destino. Y seguramente la adivinación es una superchería y cada uno es dueño y señor de su destino. Seguramente es así… casi siempre, aunque no fue así para Candela.
No hizo falta ningún Nostradamus, ni una rutilante estrella que surcara el cielo. Ninguna profecía en ningún libro habló jamás de ella. Y a pesar de e, su destino estaba marcado desde el mismo día que su madre quedó embarazada:
1. “Serás puta”.
Y eso ya era cierto.
2. “Serás drogadicta”,
Realmente no del todo. Era más bien una forma de suicidio lento. Cualquier sustancia, cualquier vía, cualquier cosa bastaba a Candela. Alcohol, basuco, marihuana, alguna vez heroína y por supuesto, su favorito, el crack. La droga daba igual. El objetivo era olvidar, no estar ahí. No estar en esa cama de mierda siendo constantemente percusionada en su vagina, en su boca, en su ano, en su pecho. Usada como un váter público que funcionara a base de monedas.
Ya no le daba asco sentir en la cara el aliento de sus clientes. Sentir el aliento de cualquier repugnante olor era mejor que lo que podía pasar por su boca. El olor, el sabor íntimo de cualquier hombre, mujer, viejo, niño que tuviera los 10.000 pesos que cobraba en sus rachas malas, 30.000 si se acababa de lavar. Por eso Candela prefería “no estar ahí”, olvidar.
3. “Serás madre muy, muy joven”,
Era fácil de predecir. Candela asumía el sífilis, sida, gonorrea, hongos, ladillas como una parte “opcional” de su servicio. Si el cliente quería usar condones era un alivio, pero si no… Si no daba igual. Su cuerpo de 15 años ya estaba demasiado gastado como para quedarse embarazada, o como para no abortar en uno de los constantes rebotes que los gordos camioneros de más de cien kilos daban contra su estómago. Era verdad que alguna vez faltó el periodo, que alguna vez este fue más espeso, abundante y a destiempo de lo normal. También fue muchas veces cierto que las infecciones sin tratamiento estuvieron más cerca de lo previsto de matar a Candela, dejando sus ojos perpetuamente abiertos.
Al principio Candela se asustaba y prometía a todos los santos que tomaría precauciones si la sacaban de esa con vida. Y cada vez intentaba ser fiel a su promesa. A veces el cliente aceptaba ponerse protección, a veces no y se iba a tocar a otra puerta llevándose su dinero y dejando el hambre tras de él. Era entonces, cuando faltaba la comida, cuando faltaba la droga, a Candela le sobraba la vida y olvidaba las promesas. Hasta que…
A Candela le gustaba creer que fue Gabriel. Un chiquito que vivía en su mismo bloque. El hijo del mismo vecino que la violó 3 años atrás. Un niño de 11 años cuyo padre había decidido que había que hacer ya “hombre”. La verdad es que, según los baremos locales, el vecino era un buen padre. Obligó a Candela a bañarse, a cambiar las sábanas y estar más o menos presentable. Incluso tuvo el detalle de “ocupar” en su propia casa a la madre de Candela para que su retoño tuviera intimidad.
Quizás fue por la ausencia de drogas, o por la necesidad de cariño. Por ser Gabriel lo más parecido a una familia. El "por qué" nunca lo aclaró nadie. Lo cierto es que Candela tuvo infinita paciencia y ternura con el inerte miembro del asustadísimo Gabriel. Lo desnudó con mimo, beso a beso, caricia a caricia. Le mesó suavemente el rubio pelo como jamás le habían mesado el pelo a ella. Le habló, con mucha calma al oído mientras sus manos, con sabiduría mercenaria, recorrían las intimidades del muchacho. Poco a poco, gesto a gesto, fue superando el pavor de Gabriel.
Dejó que se acostumbrara a ella, a sus manos, a sus pechos, al calor de su entrepierna. Tomó las diminutas manos de Gabriel por las muñecas y, muy despacio, las fue poniendo sobre sus labios. Entonces las besó con un beso dulce, seco, sonoro, amante. Con igual parsimonia, las llevó a sus pechos, a la cima de sus negros pezones. Arañó suavemente con las mismas uñas del muchacho sus duras nalgas de casi mujer. Entremezcló sus dedos con los de él. Su palma contra su dorso guiándolo firmemente a la raja de su sexo. Dejando que Gabriel sintiera en qué se diferenciaban un hombre de una mujer.
Candela se tomó su tiempo. Ni ella misma supo nunca si lo hizo por temor a la posible paliza del padre si acaso el niño lloraba en “su primera vez”, o por tener algo de amor en este mundo, o por… o por vaya a saber vd qué.
Calmadamente, entre susurros, fue encendiendo a su joven cliente, y cuando su oficio le indicó que ya era el momento, volvió a tomar el pequeño sexo con sus manos y lo introdujo en su boca. Con la habilidad que da la labor bien conocida no tardó demasiado en conseguir su primer objetivo. Entonces, en una continuidad y coreografía bien ensayada, recostó sobre la cama, excepcionalmente limpia, el delgado cuerpo de Gabriel y lo montó a horcajadas.
El chaval no aguantó más de 2 minutos dentro de Candela, aunque luego dijeran a su padre que ahí estuvo, y varias veces, toda la media hora que duró el encuentro.
A Candela le gustaba creer que fue Gabriel el padre de Valeria. Así se llamó la niña que nació cuarenta semanas después.
Valeria nació sin médico y con una vecina que hizo las veces de matrona, un poco por caridad y un poco por saber de primera mano si eso que venía al mundo era o no su nieto.
Vino al mundo a duras penas. Y no fue tanto una falta de medios, que no los había, sino que también hizo mucho la esperanza de las abuelas de que muriera en el parto. Lo que no sabían, lo que no sabía nadie, era que Candela había decidido agarrarse a la vida.
Sabía, tenía tatuado en su cerebro que su vida era una mierda y que poco podía hacer por cambiarla, en eso Candela no se engañaba. Pero su hija no sería puta, como lo fue su madre, su abuela y su bisabuela, puta de cuarta generación. Su hija no tomaría drogas, la alejaría de este barrio de podredumbre. Su hija iría a la escuela sin tener que agacharse debajo de la mesa del maestro ganarse el derecho a aprender las cuatro letras y los cuatro números que sabía.
Candela se juró, por encima de todas las cosas, que su hija sería persona, y no lo que era ella. Si tan sólo tuviera un poco de suerte, si Candela hiciera lo imposible, a lo mejor, quizás…
Y Candela dejó de querer olvidar. Tenía, por primera vez desde que le pusieron una caja registradora entre las piernas, un motivo para medrar.
Dejó de tomar drogas, se aseaba con frecuencia, pudiendo establecer regularmente una tarifa de 30.000, o más, pesos por servicio. Decía que “sí” a servicios especiales que antes solo aceptaba cuando estaba muy desesperada. Ahora solo importaba que pagaran más. Ahorró, ahorró lo suficiente para mudarse con su hija un pisito de dos habitaciones donde las cucarachas no fueran una parte constante de la decoración. Casi se sentía afortunada viendo crecer a Valeria que ya tenía siete años y el himen intacto.
Hizo contactos. Clientes más o menos habituales que la trataban con cierto “respeto”. Esos fueron sus inicios. Poco a poco se estableció una rutina, una agenda más o menos habitual. Siempre había clientes que dejaban de venir, otros que nunca repitieron y alguno que buscaba acomodo entre la cíclica agenda de Candela y la propia. Esa fue la primera señal. Algunos de sus clientes más antiguos empezaban a dejar de venir y no se sustituían tan rápido por otros.
-¡Ay, mi amor!. Eso es normal- le comentó en cierta ocasión Mariana, su vecina y compañera de profesión. – A esos lo que les gusta es la carne fresca.-
Así supo Candela que con 24 años empezaba a ser vieja para su profesión. Los excesos, la malnutrición, las drogas, el embarazo, las jornadas maratonianas para sacar a su hija adelante se cobraban un alto precio. Empezaba a ser considerada “vieja” por algunos clientes, que si bien eran pocos, pronto irían siendo más.
Dicen que los tiburones pueden oler la sangre a kilómetros, que los perros el miedo. Lo que si saben en El Retiro es que el diablo huele la debilidad, y la debilidad siempre viene acompañada de problemas.
-¿Qué te pasa chiquita?, que te veo como ida- Le dijo un día Don Nicolás satisfecho después de haber descargado los efectos de una viagra dentro de ella.
-No es nada, Don Nicolás. No más estaba agotada. Sus energías me dejan como sin fuerzas para nada- Mintió Candela, sabedora de que no convenía irritar a un ex sicario del cartel de Cali, por muy retirado que dijera estar.
D. Nicolás la miró con una sonrisa burlona, pero no era tan tonto como para no darse cuenta. A pesar del empeño de Candela por disimular con limpieza, orden y buen gusto. El deterioro de la casa empezaba a ser perceptible. Mentalmente, D. Nicolás, tomó nota.
Así fue como casi un mes más tarde, muy fuera de sus horas habituales, apareció D. Nicolás en su casa.
-¡Don Nicolás, qué sorpresa!. Pase, pase vd.-
-Hola mijita. Pasaba por el barrio y se me ocurrió pasar a verte-
-Espere un momento, D. Nicolás, que me arreglo un poco y…-
-No te molestes, Candelita, que acabo de estar con la Rosario. Yo venía a otra cosa-
Puñalada en la frente. La Rosario era una niña de 17 años, muy rubita, muy tetona y con un culo enorme. La de Rosario era vulgar tirando a fea, pero por lo visto, no lo suficiente. Acabada de quitarle otro cliente. Otro más.
-Veras, niña- prosiguió D. Nicolás, -Tengo una propuesta que hacerte. Una propuesta que te puede dar mucha lana….-
D. Nicolás siguió hablando un rato largo. Usó muchas palabras para explicarle algo bastante sencillo. Él le pagaba un pasaje de ida en avión a Madrid y le anticipaba un millón de pesos antes de salir de Colombia. Cuando estuviera allí, recibiría seis millones de pesos más, unos 2.800 € en total. Lo único que tenía que hacer coger un avión, llegar a Madrid. Allí la recogerían y la llevarían a “la casa de unos amigos”. Por supuesto, Valeria se quedaba en Colombia hasta que ella entregara la droga en España.
-Pero no te precupes, Candelita- Le dijo D. Nicolás, -si quieres Valeria se puede quedar en casa de tu madre-
-No, en casa de mi madre, no- suplicó Candela
-Pues en casa de Mariana. Nos entregas la droga y te mandamos en el vuelo de la semana siguiente a la niña-
-¿Y después, qué?- Preguntó Candela
-Después puedes hacer lo que te dé la gana- respondió D. Nicolás, ofreciéndole incluso trabajo
-¿Y de qué voy a trabajar una pobrecita como yo allá?-
-Pues de puta, niña, de puta. Igual que aquí, que los gallegos jalan lo mismo que los de acá- Concluyó D. Nicolás, dándolo cómo evidente.
El plan era sencillo. Vestirían, peinarían y maquillarían a Candela “como una señora de verdad” según palabras de D. Nicolás. Como una señora de verdad que previamente se habrá metido todas las bolsitas de plástico que pudiera, a 6.000 pesos el gramo y sin pasar nunca del kilo.
Y Candela, por supuesto, aceptó.
Quedaron en un hotel del centro. Si salía “así” de barrio daría mucho el cante e irían con el chivatazo a la policía.
-Vengo de parte de D. Nicolás- Le dijo al hombre con cara de pocos amigos que le abrió la puerta.
-Pasa –
-Desnúdate aquí y vete directa a la ducha. Tienes que estar en el aeropuerto en tres horas– Le ordenó una mujer que ni se dignó a mirarla entretenida en limarse las uñas sentada encima de la cama.
Una vez salió de la ducha, vio un juego de lencería negro y un traje de chaqueta pantalón celeste encima de la cama.
-Ni los mires, eso para después. El vuelo es largo y la ropa se estropea. Enróllate la toalla si quieres, o quédate con el coño al aire, a mí me dá igual, pero siéntate en esta silla- Le dijo la desconocida señora en un tono bastante seco.
Una vez peinada y maquillada, le hicieron ir tragando las bolsitas, una a una.
-¿No hay que meterlas por detrás- Preguntó Candela cuando le dieron las diminutas bolsitas.
-No, guapa. El vuelo dura casi diez horas, y si las metes por, “aquí”, no tendrás forma de mantenerlas dentro todo ese tiempo. Y si las metes por, “aquí”, es muy fácil de cachear. ¿Ves?, con un dedito vale para saber si el agujero está vacío o no, o con dos, o con tres… – Contestó el hombre que le había abierto la puerta y que ahora sabía que se llamaba Carlos.
Carlos acompañó sus “por aquí” metiendo su mano debajo de la toalla. Demasiados hombres de su calaña había conocido en su vida Candela como para no saber que era mejor estarse quieta y dejarle hacer.
-Si el paquete llega tarde, después se lo explicas tu a los otros- cortó por lo sano la sra aún sin nombre.
-Joder, como te pones por nada- Respondió Carlos soltando a Candela, soltando al “paquete”
-A ver niña, ven pa’cá – le dijo la señora cuando Candela terminó de tragar todas sus bolsitas.
-Ahora te tragas una pastilla de estas y otra de estas, y así lo repites cada hora. ¿Entendiste bien niña?. Recuerda una de las blancas y una de las rojas cada hora- Le dijeron dándole un pastillero con omeprazol y fortasec.
-Las blancas te protegerán la barriga y las rojas son para que no pierdas lo que llevas dentro antes de tiempo. Cuando estés aterrizando en Madrid te tomas esta negra. Es para los nervios. Si alguien quiere cachearte, protesta. Déjate hacer, pero protesta. Para eso es la ropa cara, nadie quiere tener problemas con la sobrina de alguien. Toma, ponte este reloj para que sepas cuando tomarte las pastillas, no te preocupes, es una copia barata, pero da el pego –
Y metieron a Candela en el avión destino a Madrid. Las 10 horas de vuelo fueron como la seda. Alguna incomodidad en el estómago, pero no era mucho peor que esos “periodos a destiempo y abundantes” que más de una vez estuvieron a punto de llevarla al otro barrio.
Cuando quedaban 5 minutos para aterrizar, se tomó, obediente, la pastilla negra. Aterrizaron, se desabrochó el cinturón de seguridad, cogió su bolso de Louis Vuitton y se encaminó a la aduana como si durante toda su vida hubiera ido a millones de aduanas. Sin embargo, ahí empezó a ir todo mal.
Lo primero que notó fue que el policía de verde le clavó la mirada nada más cruzar la puerta de entrada a terminal. Estaba acostumbrada a llamar la atención de los hombres y el marcadísimo pantalón; para ayudar a mantener dentro lo que se tiene que quedar dentro, le dijeron; no ayudaba precisamente a pasar desapercibida. Como tampoco ayuda el generosísimo escote que su camisa blanca dejaba entrever.
Pero lo peor fue el primer pinchazo en el estómago. Eso sí que dolió, nadie lo notó, pero dolió. El segundo dolió menos y del tercero, ni se enteró
-Soy el Cabo Rubio, Puerta 32, tengo un 532, necesito ayuda médica ¡ya!- Gritaba por su radio el guardia civil que intentaba poner su cinturón entre los dientes de Candela mientras esta convulsionaba y espumaba por la boca.
Madrid
-Teniente Alkorta, dígame... ¡Coño, Angelito!, con esa voz pareces un hombre. ¿Qué te cuentas?. ¿Tan importante es?. Que son 30 minutos en coche. Vale, tiro pa’l anatómico y me cuentas-
-Mira, Ginés- comenzó diciendo el ayudante de forense Ángel Gallardo a su compañero, el Teniente Alkorta nadamás verlo entrar en la morgue – Te juro que yo he vistos muertos levantarse de estas mesas, pero lo de la colombiana esta es más raro que un perro verde.-
-A ver, Angelito, no me seas agonías- le dijo su superior y amigo. – que tanto muerto tiene que trastornar. ¿Es, o no es una mula muerta por por sobredosis?. Pues ya está, tío. No le des más vueltas. Aunque de joven la tía tuvo que ser guapa. Coño, sí que era guapa-.
-¿De joven?, según sus huesos no tiene ni veintiocho años, y tú treinta y seis. Y sí, casi tienes razón, porque tiene síntomas de muerte por sobredosis de cocaína-
-¿Entonces? – Arqueó la ceja el Teniente Alkorta, que ya se conocía las pausas dramáticas de su forense.
-Te resumo para no aburrirte. Síntomas de envenenamiento por cocaína, síntomas por envenenamiento por cianuro. Te digo ya que la mató la coca, pero alguien se encargó de asegurarse que, si le metíamos la naxolona suficiente como para salvarla, el cianuro de hidrógeno que he encontrado en los análisis se la cargase. En sangre no encontré suficiente para tumbarla, pero… mira que cosita tengo para ti- y le pasó una bandejita de aluminio con algo envuelto en un plástico trasparente
-Usa las lupas de aumentos, ¿qué ves?-
-Que eres un chapucero, Angelito, eso veo. Esta “bellota” que tenía en la barriga está rajada con algo afilado, y como la colombiana no tuviera un bisturí en la barriga, el corte se lo metiste tú-
-Y a los tenientes les dan los galones en una tómbola. A ver, ¿ves que el corte tiene forma de rayo, como una “z” muy estirada?-
-¡Ah!, pues sí. ¿Y eso?- preguntó el teniente ya totalmente en serio
-“Eso” es la marca característica de un corte de tijera en dos tiempos, te lo traduzco para que me entiendas. Rajaron la bolsa antes de hacérsela tragar y taparon el corte con cinta adhesiva o algo parecido-
-¿Para qué?, eso es tirar un kilo de cocaína pura.- Protestó el teniente
-Uyyyy, ¿tu hoy no estás muy fino verdad?. Según la autopsia, sólo había 12 gramos de coca en el estómago cuando despegó de Colombia, y todos en esa bolsita rajada. Las otras bolsitas solo tenían harina. Pero espérate que todavía no acabé. La bolsita también tenía raíz de yuca en bruto. Una planta que usan nuestros primos del otro lado del charco igual que nosotros las patatas. La raíz de yuca sin hervir es venenosa, de ahí el cianuro de hidrógeno que tenía en sangre. Y en el estómago también he encontrado "sulfato ferroso potásico", que es ese polvo negro que se ve en las fotos mezclada con la espuma de la boca. El sulfato ferroso es como el anti-bicarbonato, si lo tomas, y esta mujer lo tomó, te garantizas una acidez de “no te menees” en unos 15 minutos. Resumiendo, esta mujer era una muerta viviente a la que le pusieron un cronómetro muy preciso-
“Un cronómetro muy preciso, un cronómetro muy preciso, un cronómetro muy preciso”. La frase se le había quedado grabada al teniente Ginés Alkorta.
Al día siguiente, a las seis de la mañana, Ginés cogió su teléfono -¿Aeropuerto?. Sí, soy el teniente Alkorta. Buenos días, ¿me puede vd decir qué agentes estaban de servicio en la puerta 32. Manuel Rubio, ¿Manuel Rubio Santana?. Sí, no hace falta, lo conozco. ¿Dónde tiene servicio hoy?. Gracias-
-¿Cómo estás Santana?- Saludó Ginés a Cabo Manuel Rubio Santana, “Santana” para el cuerpo, porque de Rubio no tenía mucho. - ¿cómo fue que dejaste las fueraborda de Vigo por un aeropuerto en Madrid-
-Mi teniente, ¡qué alegría verle!. ¿Ná’sabe vd?, la mujer que se ponía nerviosa cuando salíamos de noche, y médico que dice que ya no tengo la vista de antes. ¿Cómo está?.-
-Vengo por lo de la colombiana del otro día-
-¡Qué susto, mi teniente!, ¡qué mal rato!, pero le juro que no se pudo hacer nada, ni tiempo de ponerle una inyección hubo-
-Tranquilo Santana, que no es por eso. ¿Tienes un rato para un café?.-
-Claro mi teniente, siempre a sus órdenes, por supuesto. Venga por aquí que tenemos un cuartito-
-¿Cómo fue, Manuel?-Preguntó el teniente Alkorta ya sentado y removiendo su taza.
-Muy raro mi teniente, muy raro. Aquí más o menos tenemos los trucos cogidos. El que se hace pasar por hombre de negocios, los hippies que apestan, incluso alguna falsa monja hemos pillado. Pero esta iba pidiendo guerra. Si es que iba dando el cante mi teniente, iba dando el cante.
- Nada más bajarse del avión. ¿Vd la vió mi teniente?. Morenaza, guapa, quiero decir… verá vd., sé que esa pobre muchacha está muerta, y no quiero faltarle el respeto a nadie, que bastante tuvo con lo que tuvo, pero ¿vd me entiende mi teniente?
-Que sí Santana, que sí, no se preocupe. Siga-
-Eso mi teniente, que parecía que llevara un letrero para llamar la atención. Una tetas que quitaban el hipo, el pantalón remarcado, unos ojazos. Y la mirada mi teniente, tenía la mirada de perro viejo. ¿Sabe vd esos que se han pasado la vida en el talego, que tienen miedo, pero que no se les nota?. Pues esa mi teniente, pero con los ojos más bonitos que he visto en mi vida-
-Vamos, que si no la hubieras parado porque te parecía sospechosa, la paras para pedirle el teléfono, ¿no?- Preguntó socarrón Ginés, para aliviar el agobio de su compañero.
-Noooo, mi teniente. Vd sabe que yo estoy casado y quiero a mi mujer, ¡qué dice vd!- Sonrió aliviado el cabo al sentirse entendido
-Dime una cosa, Santana. ¿pasó algo más, algo raro en esa llegada?-
-¡Qué mas quiere vd, mi teniente!. La muchacha echando espuma por la boca, los chiquillos gritando, la profesora que los acompañaba medio histérica….
-¿Niños con una profesora?- Preguntó el teniente.
-Si, niños pobres de Colombia, creo, que venían un campamento de verano y a no sé qué en España, todavía me acuerdo-
-Mieeeeeeeeeerda, Manué. ¿Y los dejaste pasar para evitar que vieran el cadáver, verdad?. Ninguno pasó por escáner, como si lo viera--
C) Rafael Calvo, 33- 3ª planta. Madrid
Oficina Central Nacional de Estupefacientes.
-¿Está vd. seguro de lo que pone en su informe, Coronel?- Preguntó el Director General.
-No, Sr. Director, pero es lo único que tiene sentido. Es el truco más viejo del mundo. Mueves la mano derecha con mucho aspaviento, y con la izquierda engañas al público. Candela Peraza Luppi, Colombiana. Antecedentes por prostitución y consumo de estupefacientes, sin condenas de cárcel. De buenas a primeras aparece en el vuelo de Bogotá con ropa cara y se nos muere en la cara. El forense dice en su informe que, “dadas las condiciones del continente de la droga, la intoxicación combinada por cocaína y cianuro debía generar una crisis entre los quince y veinte minutos de la ingesta del sulfato ferroso potásico”.
Tantas molestias para no aprovechar la ocasión, Sr. Director. Lo que nos sabemos es quiénes de los noventa pasajeros de esa noche podían portar el verdadero cargamento de droga. Hay una indicación del Teniente Alkorta que señala como más accesibles un grupo de niños que venía a España de intercambio, pero no tenemos pruebas de esto.
-Entiendo, ¿qué recomienda vd, Coronel?-
-Estar atento por si repiten el truco, Sr. Director-
-De acuerdo, por favor, informen a todas las aduanas. En caso de incidente con países calientes, a partir de ahora que los agentes activen los protocolos de “enfermedades contagiosas” sin necesidad de firma de Sanidad. Si el colegio de médicos protesta, me los mandas para acá,. ¡Ni Dios va a cruzar a España!. ¿Entendido?. ¡Ah! y den parte a la Interpol. De lo de las enfermedades no, sólo de las sospechas del nuevo método. ¡Buenas tardes, sres.-
El Retiro -Santiago de Cali – Colombia
-¿Y cree que se dieron cuenta los gallegos, Dña. Rafaela?-
-No seas tonto, Nico. Igual no, igual sí. Pero no vale la pena correr el riesgo. La próxima vez lo intentamos por Francia o por Portugal. En lo que se lo cuentan unos a otros tenemos como dos meses para seguir estrujando la gallina de los huevos de oro- Contestó Dña Rafaela.
-¿Lo hacemos igual?- preguntó “Nico”, aquel al que Candela conocía como D. Nicolás.
-No, igual no. Los niños no aguantan bien la droga en la barriga. Mejor usa niñas, ya sabes a qué me refiero- Contestó la Dña. Rafaela –Por cierto, Nico. En el próximo cargamento te llevas a la nieta del inglés. No quiero huérfanos que espanten a las liebres-
-No, no, Mariana es de fiar, con un par de rayas la tengo callada y si no le parto la cabeza con un bate, pero - protestó Nico – la nena es tan chica y aún virgen.. le cabrá menos, casi ni amortiza el viaje – Protestó Nico.
-¡Coño, Nico, no sabía que eras un sentimental!. Pues mira que lo tienes fácil. De aquí a una semana la Valeria tendrá que dejar de ser una de las dos cosas- intervino Carlos, mientras continuaba limpiándose las uñas con un cuchillo de cocina y le brotaba una sonrisa en los labios.